Un césped

Sara Gallardo  

Escritora argentina (1931 – 1988)

 

En los jardines que van de Palermo a la Recoleta hay un cuadro de césped. Cierto año, los jardineros se olvidaron de cortarlo. El pasto creció a sus anchas.

Cada media hora corría un tren, con hálito ferruginoso. Las raíces lo sentían pasar. Las lombrices interrumpían sus caminos.

A su antojo crecieron los pastos.

En otoño, los jugos atravesaron la tierra como la aguja del colchonero el espesor de la lana. Pastos y lombrices se sorprendieron con la novedad.

Al caer el sol, los porteros de los departamentos quemaban la basura. Aparecían trombas sobre los edificios. Revoloteando en las telas metálicas de las chimeneas, negros papeles se desmenuzaban en su afán por salir. Las chispas se entregaban al aire, desaparecían; los hollines ascendían. Otros hollines, salidos de otras casas, se encontraban con ellos. Juntos formaban nubes. Desbaratadas por un vuelo de pájaros, por el paso de un tren o un golpe de viento iban a aterrizar sobre el césped.

El césped. Junto a los semáforos de la avenida, colores amarillo, rojo o verde lo tenían según el orden de paso; y los autos le echaban una estela de humo.

No era un césped. Era casi un pastizal.

Mullido, atraía a los enamorados. A los chicos, que juegan al fútbol, o se tambalean, padres detrás. A los vendedores de helados, cuando ganaba el calor y se sentaban. Y a los que cargando termos de café trataban de hacerse oír por encima del paso de los trenes. Atraía a los pájaros, porque encontraban buena comida. Y a los insectos porque era una selva de refugios.

Atraía a los dueños de los perros.

Los perros eran lustrosos, ávidos de correr, de oler, de hacer necesidades.

Tenían dueños de todas clases. Confiados, soltaban las correas. Temerosos, corrían atados a ellos. Y si mujeres, iban torciéndose los tacos de los zapatos. Los perros sueltos y los perros atados se encontraban, gimiendo. Los libres disparaban, persiguiéndose, volvían al oír gritar sus nombres.

Hay una hora de la noche, cuando los enamorados se han ido a sus casas y los trenes paran, en que el rocío cae sobre el césped. El hollín resbala. Cada pasto guarda una gota.

Y los días de lluvia. Sólo agua, lavando, susurrando, mojando. Ni persona, ni perro. Callado, el pasto abre la boca.

Un día, el intendente municipal recorrió todos los jardines que van desde Palermo hasta la Recoleta. Un rey había anunciado su visita.

Llegaron los jardineros.

Cortaron todo el pasto. De norte a sur, y de este a oeste.

Y el pasto que moría cantó.

Cantó el aliento y el trepidar del tren, el hollín que baja, los jugos del otoño. Las lombrices. Los enamorados. Las luces del semáforo. Los vendedores de helados. Los insectos. Los perros atados y los perros desatados. Y los dueños de los perros. Los pájaros. Los vendedores de café. Los niños crecidos y los que aprenden a caminar. El rocío, el humo de los autos, la lluvia.

Cantó, esa voz de césped, ese olor de césped cortado.

Una historia más…

Y esta es otra historia.

La de aquel que enfundado en una soledad ausente y visceral, sin rastros de presencias y rencores, azotado por el peso infame de años perdidos, traicionados, recorre cada día las mismas calles conocidas, repetidas que se acoplan suavemente a las huellas ya dejadas.

Y es la historia de quien sin remedio ni retorno, sigue buscando en el fino contorno de cada baldosa, algo que algún día dejó.

Camina con los ojos entreabiertos

con su ropa raída

de andar siempre con lo puesto,

de no tener quien le cosa,

de tirarse en la tierra reseca y lastimada,

con su ropa acostumbrada a su

forma y a su piel.

Y en sus pies, las botas

de su combate, gastadas

polvorientas, con las marcas

de lluvias y sequías taladrando

el cuero. El de sus pies.

 

No lleva nada en la cabeza.  Será por eso que se le ha dibujado un pájaro dormido que por las noches le canta para hacerlo dormir. Y que no sueñe. Porque de eso ya se ha olvidado.

Sus bolsillos están vacíos

de pan

de nostalgias

de alguna carta de amor

de hijos y mujer

de casa

de olor humeante y cotidiano

de sabor a beso recién dado.

 

Solo le queda su memoria. No quiere perderla. No quiere perder lo único que no han podido quitarle.

Y es por ella, que cada

día logra recordar

el camino de vuelta,

de vuelta al agujero de siempre,

a sus trapos y miserias,

al terraplén del tren

que ya no pasa,

al puente sobre la basura y la tristeza,

a sus paredes de aire y cielo,

a la negrura de su tierra envilecida,

a los olores enterrados que brotan entre

los yuyos descoloridos.

 

Por eso sale todos los días a caminar para respirar un poco de aire puro,

para robarle los olores a las casas con familia,

para mirar a escondidas como la gente ríe, se ama, goza.

No tiene miedo de llorar; tampoco lo haría, no sabría cómo.

Solo mira, escucha, camina.

Y arroja a su paso

de sus bolsillos vacíos

las migajas de memoria

de abandono

de locura

de agonía

de muerte

que fue juntando en cada viaje

para no olvidar el camino de vuelta.

De tanto en tanto…

En la callada soledad

que me rodea,

suaves sonidos

vienen a mi encuentro.

 

Son conocidos, familiares,

de otro tiempo.

Me rescatan del silencio

y me protegen.

 

Cuentan historias,

evocan rostros,

susurran melodías

ya olvidadas.

 

Y en esa quietud

casi añorada,

recorro instantes

lugares, pensamientos.

 

Agradezco entonces

el fugaz momento,

que tanta placidez

trajo a mi mente.

 

Tal vez, de tanto en tanto

me reconforte pensar

que aun silente

mi alma, no está sola.

Autopsicografía

Fernando Pessoa  

Escritor portugués (1888 – 1935)

 

El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

que llega a fingir que es dolor

el dolor que de veras siente.

 

Y los que leen lo que escribe,

en el dolor leído sienten bien,

no los dos que él tuvo

mas sólo el que ellos no tienen.

 

Y así en los raíles

gira, entreteniendo la razón,

ese tren de cuerda

que se llama el corazón.

En paz

Amado Nervo 

Escritor mexicano (1870 – 1919)

 

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida, 
porque nunca me diste ni esperanza fallida, 
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida; 

 

porque veo al final de mi rudo camino 
que yo fui el arquitecto de mi propio destino; 

 

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, 
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: 
cuando planté rosales, coseché siempre rosas. 

 

…Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno: 
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno! 

 

Hallé sin duda largas las noches de mis penas; 
mas no me prometiste tan sólo noches buenas; 
y en cambio tuve algunas santamente serenas… 

 

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. 
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!