Una historia más…

Y esta es otra historia.

La de aquel que enfundado en una soledad ausente y visceral, sin rastros de presencias y rencores, azotado por el peso infame de años perdidos, traicionados, recorre cada día las mismas calles conocidas, repetidas que se acoplan suavemente a las huellas ya dejadas.

Y es la historia de quien sin remedio ni retorno, sigue buscando en el fino contorno de cada baldosa, algo que algún día dejó.

Camina con los ojos entreabiertos

con su ropa raída

de andar siempre con lo puesto,

de no tener quien le cosa,

de tirarse en la tierra reseca y lastimada,

con su ropa acostumbrada a su

forma y a su piel.

Y en sus pies, las botas

de su combate, gastadas

polvorientas, con las marcas

de lluvias y sequías taladrando

el cuero. El de sus pies.

 

No lleva nada en la cabeza.  Será por eso que se le ha dibujado un pájaro dormido que por las noches le canta para hacerlo dormir. Y que no sueñe. Porque de eso ya se ha olvidado.

Sus bolsillos están vacíos

de pan

de nostalgias

de alguna carta de amor

de hijos y mujer

de casa

de olor humeante y cotidiano

de sabor a beso recién dado.

 

Solo le queda su memoria. No quiere perderla. No quiere perder lo único que no han podido quitarle.

Y es por ella, que cada

día logra recordar

el camino de vuelta,

de vuelta al agujero de siempre,

a sus trapos y miserias,

al terraplén del tren

que ya no pasa,

al puente sobre la basura y la tristeza,

a sus paredes de aire y cielo,

a la negrura de su tierra envilecida,

a los olores enterrados que brotan entre

los yuyos descoloridos.

 

Por eso sale todos los días a caminar para respirar un poco de aire puro,

para robarle los olores a las casas con familia,

para mirar a escondidas como la gente ríe, se ama, goza.

No tiene miedo de llorar; tampoco lo haría, no sabría cómo.

Solo mira, escucha, camina.

Y arroja a su paso

de sus bolsillos vacíos

las migajas de memoria

de abandono

de locura

de agonía

de muerte

que fue juntando en cada viaje

para no olvidar el camino de vuelta.

Paseo nocturno

 

Ya era tarde, pero decidió caminar un rato. Solo unas cuadras, para despejarse. La calle solitaria y el viento suave eran su compañía. Se sentía bien, tanto, que no necesitó encender el último cigarrillo que llevaba.

Tan relajado estaba que, en un primer momento, no advirtió que alguien lo seguía. Esa presencia se hacía más cercana. Podía escuchar su respiración, sus movimientos. Calcular la distancia que los separaba.

Decidió no girar para ver quién era. Al llegar a la esquina para regresar, vio que era su sombra la que seguía sus pasos. Respiró aliviado. Era solo su sombra.

Nunca reparó que esa noche no había luna y el corte de luz había sido general en toda la ciudad.