María Elena Walsh 3

Cantautora argentina (1930 – 2011)

 

Serenata para la tierra de uno

 

Como la cigarra

 

Los ejecutivos

 

Sábana y mantel

 

¿Diablo Estás?

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Como una sola flor desesperada

Juana de Ibarbourou 

Escritora uruguaya  (1892 – 1979)

 

Lo quiero con la sangre, con el hueso,

con el ojo que mira y el aliento,

con la frente que inclina el pensamiento,

con este corazón caliente y preso,

 

y con el sueño fatalmente obseso

de este amor que me copa el sentimiento,

desde la breve risa hasta el lamento,

desde la herida bruja hasta su beso.

 

Mi vida es de tu vida tributaria,

ya te parezca tumulto, o solitaria,

como una sola flor desesperada.

 

Depende de él como del leño duro

la orquídea, o cual la hiedra sobre el muro,

que solo en él respira levantada.

 

Piedra negra sobre una piedra blanca

César Vallejo   

Escritor peruano (1892 – 1938)

Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

Me moriré en París -y no me corro-

tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

 

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso

estos versos, los húmeros me he puesto

a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,

con todo mi camino, a verme solo.

 

César Vallejo ha muerto, le pegaban

todos sin que él les haga nada;

le daban duro con un palo y duro

 

también con una soga; son testigos

los días jueves y los huesos húmeros,

la soledad, la lluvia, los caminos…

Flores blancas

Sara Gallardo  

Escritora argentina (1931 – 1988)

Flores blancas llovieron sobre Buenos Aires la noche en que nació Juan Arias. Las vieron muchos, las olieron menos. Que fuera porque él nacía, quién pudo saberlo. Ni su madre, que no las vio, aparte de morir enseguida.

Alguien en un departamento solitario las pudo ver bajando por la noche. Se dijo ¿quién nace? o ¿quién muere? Nada más.

Ya está dicho, nació Juan Arias. De su vida poco puede agregarse. Rico, hubiera hecho papel de caballero. Pero fue pobre. Era considerado un tonto, aunque de gran belleza.

En la vejez le dieron el trabajo que juzgó más apropiado a su persona: ubicar autos en la Diagonal. Lo hacía con cuidado, como todo.

Murió allí, una noche. Suavemente, a pesar de la lluvia.

Tengo

Nicolás Guillén 

Escritor cubano (1902 – 1989)

Cuando me veo y toco
yo, Juan sin Nada no más ayer,
y hoy Juan con Todo,
y hoy con todo,
vuelvo los ojos, miro,
me veo y toco
y me pregunto cómo ha podido ser.

Tengo, vamos a ver,
tengo el gusto de andar por mi país,
dueño de cuanto hay en él,
mirando bien de cerca lo que antes
no tuve ni podía tener.

Zafra puedo decir,
monte puedo decir,
ciudad puedo decir,
ejército decir,
ya míos para siempre y tuyos, nuestros,
y un ancho resplandor
de rayo, estrella, flor.

Tengo, vamos a ver,
tengo el gusto de ir
yo, campesino, obrero, gente simple,
tengo el gusto de ir
¡es un ejemplo!
a un banco y hablar con el administrador,
no en inglés,
no en señor,
sino decirle compañero como se dice en español.

Tengo, vamos a ver,
que siendo un negro
nadie me puede detener
a la puerta de un dancing o de un bar.
O bien en la carpeta de un hotel
gritarme que no hay pieza,
una mínima pieza y no una pieza colosal,
una pequeña pieza donde yo pueda descansar.

Tengo, vamos a ver,
que no hay guardia rural
que me agarre y me encierre en un cuartel,
ni me arranque y me arroje de mi tierra
al medio del camino real.

Tengo que como tengo la tierra tengo el mar,
no country,
no jailáif,
no tennis y no yatch,
sino de playa en playa y ola en ola,
gigante azul abierto democrático:
en fin, el mar.

Tengo, vamos a ver,
que ya aprendí a leer,
a contar,
tengo que ya aprendí a escribir
y a pensar
y a reír.

Tengo que ya tengo
donde trabajar
y ganar
lo que me tengo que comer.

Tengo, vamos a ver,
tengo lo que tenía que tener.

Canción

Nicolás Guillén 

Escritor cubano (1902 – 1989)

¡De que callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera la primavera !
¡Yo, muriendo!

Y de que modo sutil
me derramo en la camisa
todas las flores de abril

¿Quién le dijo que yo era
risa siempre, nunca llanto,
como si fuera
la primavera?
¡No soy tanto!

En cambio, ¡Qué espiritual
que usted me brinde una rosa
de su rosal principal!

De que callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera la primavera
¡Yo, muriendo!

Rayuela- Cap. 7

Julio Cortázar 

Escritor argentino (1914 -1984)

 

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

La cuna

José Pedroni  

Escritor argentino (1899 – 1968)

 

Haz con tus propias manos

la cuna de tu hijo.

Que tu mujer te vea

cortar el paraíso.

 

Para colgar del techo,

como en los tiempos idos

que volverán un día.

Hazla como te digo.

 

Trabajarás de noche.

Que se oiga tu martillo.

“Estás haciendo la cuna”

que diga tu vecino.

 

Alguna vez la sangre

te manchará el anillo.

Que tu mujer la enjuague.

Que manche su vestido.

 

Las noches serán blancas,

de columpiado pino.

Harás según el árbol

la cuna de tu niño.

 

Para que tenga el sueño

en su oquedad de nido.

Para que tenga el ángel

en un oculto grillo.

 

La obra será tuya.

Verás que no es lo mismo.

Será como tus brazos

la cuna de tu hijo.

 

Se mecerá con aire.

Te acordarás del pino.

Dirás: “Duerme en mi cuna”.

Verás que no es lo mismo.

Maternidad

José Pedroni  

Escritor argentino (1899 – 1968)

Fragmento

Mujer: en un silencio que me sabrá a ternura,

durante nueve lunas crecerá tu cintura;

y en el mes de la siega tendrás color de espiga,

vestirás simplemente y andarás con fatiga.

 

-El hueco de tu almohada tendrá un olor a nido,

y a vino derramado nuestro mantel tendido-,

Si mi mano te toca,

tu voz, con vergüenza, se romperá en tu boca

lo mismo que una copa.

El cielo de tus ojos será un cielo nublado.

Tu cuerpo todo entero, como un vaso rajado

que pierde un agua limpia. Tu mirada un rocío.

Tu sonrisa la sombra de un pájaro en el río…

 

Y un día, un dulce día, quizá un día de fiesta

para el hombre de pala y la mujer de cesta;

el día que las madres y las recién casadas

vienen por los caminos a las mismas cantadas;

el día que la moza luce su cara fresca,

y el cargador no carga, y el pescador no pesca…

-tal vez el sol deslumbre; quizá la luna grata

tenga catorce noches y espolvoree plata

sobre la paz del monte; tal vez el villaje

llueva calladamente; quizá yo esté de viaje…-

Un día un dulce día con manso sufrimiento,

te romperás cargada como una rama al viento,

y será el regocijo

de besarte las manos, y de hallar en el hijo

tu misma frente simple, tu boca, tu mirada,

y un poco de mis ojos, un poco, casi nada…