Eduardo Galeano

El miedo Global

Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.

Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.

Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.

Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.

La democracia tiene miedo de recordar, y el lenguaje tiene miedo de decir.

Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armas, las armas tienen miedo a la falta de guerras.

Es el tiempo del miedo.

Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.

Miedo a los ladrones, miedo a la policía.

Miedo a las puertas sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar.

Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo de morir, miedo de vivir.

Latinoamericanos

Dicen que hemos faltado a nuestra cita con la Historia y hay que reconocer que nosotros llegamos tarde a todas las citas.

Tampoco hemos podido tomar el poder, y la verdad es que a veces nos perdemos por el camino o nos equivocamos de dirección, y después nos echamos un largo discurso sobre el tema.

Los latinoamericanos tenemos una jodida fama de charlatanes, vagabundos, buscabroncas, calentones y fiesteros, y por algo será. Nos han enseñado que, por ley de mercado, lo que no tiene precio, no tiene valor y sabemos que nuestra cotización no es muy alta. Sin embargo, nuestro fino olfato para los negocios nos hace pagar por todo lo que vendemos y nos permite comprar todos los espejos que nos traicionan la cara.

Llevamos quinientos años aprendiendo a odiarnos entre nosotros y a trabajar con alma y vida por nuestra propia perdición, y en eso estamos;  pero todavía no hemos podido corregir nuestra manía de andar soñando despiertos y chocándonos con todo, y cierta tendencia a la resurrección inexplicable.

La berenjena

Hace mil años, dijo el sultán de Persia:

-Qué rica.

El nunca había probado la berenjena, y la estaba comiendo en rodajas aderezadas con jengibre y hierbas del Nilo.

Entonces el poeta de la corte exaltó a la berenjena, que da placer a la boca y en el lecho hace milagros, y para las proezas del amor es más poderosa que el polvo de diente de tigre o el cuerno rallado de rinoceronte.

Un par de bocados después, el sultán dijo:

-Qué porquería.

Y entonces el poeta de la corte maldijo a la engañosa berenjena, que castiga la digestión, llena la cabeza de malos pensamientos y empuja a los hombres virtuosos al abismo del delirio y la locura.

-Recién llevaste a la berenjena al Paraíso, y ahora la estás echando al infierno -comentó un insidioso.

Y el poeta, que era un profeta de las ciencias de la comunicación, puso las cosas en su lugar:

-Yo soy cortesano del sultán. No soy cortesano de la berenjena.

La inflación

Había sido un viviente flaco, pero fue un globo en la muerte.
Para clavar la tapa del ataúd, toda la familia tuvo que sentarse encima. Y toda la familia opinó sobre la inflación del difunto:

-Parece sapo.
-La muerte hincha.
-Es el gas carbónico.
-Es la mala leche.
-Es el alma
-sollozó la viuda. El alma quiere salirse del traje.

El traje, un tweed inglés de alta categoría, color gris perla, había sido el único lujo en toda la vida del finado. Él se lo había mandado hacer, de medida, cuando ya le volaban cerca las lechuzas y vio que estaba por llegar al finalmente.
Herencia, no dejó. Ni una lira. Y muchos años después, cuando se abrió el ataúd, estaba en jirones el traje que había vestido su muerte.
Nicola Di Sábato contó el desentierro de su tío. Nicola, que descargaba arena en un muelle de Avellaneda, había llegado a la Argentina huyendo de los perros del hambre. A él le gustaba reír, cocinar y compartir historias de su lejana infancia, en su lejana Italia.
Esas cosas del tiempo: Nicola contó que el tiempo se había comido al tío y había deshecho su traje relleno de dinero. Los billetes, miles de billetes, un poco desteñidos, habían durado más. Pero ya no valían nada.

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